martes, 25 de agosto de 2015

Como cuidar el cuidador
Es imprescindible que nos paremos a pensar hasta dónde es importante que nosotras estemos bien para dar una atención eficiente a la persona que tenemos a nuestro cargo. Para ello es indispensable marcar los límites de nuestra actividad.
Nuestras necesidades son tan importantes como las del resto y por atenderlas no debemos sentir ningún tipo de culpabilidad. Cuidarnos a nosotras mismas nos va a dar una dosis extra de energía y evitaremos llegar a caer enfermas física o psicológica mente.
A la hora de organizarnos es importante saber que pedir ayuda es una alternativa que nos va a proporcionar muchos beneficios, y no debe interpretarse como una dejadez de funciones, sino un paso más en la organización eficiente de nuestro día a día. La ayuda no es sólo un apoyo en lo referente al trabajo físico, sino un acicate y una vía de escape de tensiones. Compartir la responsabilidad  nos da la posibilidad de compartir miedos y soluciones.
La tarea del cuidado de un familiar no tiene por qué ser sólo de una sola persona y pedir colaboración no es un signo de debilidad.
Del mismo modo, establecer los límites con la persona a la cuidamos directamente es tanto o más importante. En muchas ocasiones las personas dependientes se vuelven extremadamente exigentes y solicitan más de lo que realmente necesitan; es posible que demanden de un modo excesivo como llamada de atención; pues bien, en esos casos es básico saber hasta dónde se les debe prestar ayuda, cuál es la necesidad real para no generar más dependencia de la que ya conocemos per se.
Quizás no resulte sencillo valorar cuándo la persona nos exige más cuidados de los realmente imprescindibles, pero debemos estar alertas a situaciones en las que por ejemplo se fingen síntomas que antes no existían, nos responsabilizan de problemas que no son culpa nuestra, rechazan apoyos de otras personas o se niegan a usar herramientas que pueden facilitar su cuidado (sillas de ruedas...).
Recordemos siempre que dar más ayuda de la necesaria no favorece la autonomía de la persona, que a fin de cuentas es uno del objetivo que debiéramos de perseguir.
Organizarme con familia y entorno
De nuevo hacemos hincapié en el concepto clave de “pedir ayuda”.
Entendamos que pedir ayuda y organizarnos con nuestro entorno no tiene nada que ver con exigir a nadie nada, sino valorar la mejor manera de hacer las cosas con la gente que tenemos cerca.
Es posible que recibamos un “no” por respuesta, pero no debemos tomarlo como nada más que lo que es: “con esa persona no puedo contar”. Busquemos alternativas.
Es interesante que ver balicemos las razones que consideramos importantes para pedir apoyo, es decir, no estamos exigiendo nada, simplemente “me gustaría que te hicieras cargo de mamá para que yo pueda salir a hacer otras cosas un par de veces en semana” por ejemplo. Además, manifestar nuestro estado físico y emocional es parte de la realidad que estamos viviendo y es importante hacérselo ver a las otras personas para que comprendan la situación. Es posible llegar a una acuerdo de manera que todo/as salgamos beneficiado/as, encontrar el punto intermedio y llegar a una solución para todo/as.
No descuidarme yo como persona y afrontar sentimientos negativos
Aparte de tener en cuenta aspectos como los que ya hemos mencionado anteriormente como: intentar dormir lo suficiente, no descuidar nuestras relaciones sociales y aficiones, mantener una buena alimentación, organizar nuestro tiempo, etc., es importante prestar atención a sentimientos negativos que probablemente aparecerán en algún momento: tristeza, depresión, ansiedad…
No debemos ni podemos obviar este tema y dejarlo pasar como si fuera parte del proceso o algo irremediable. Afrontar la realidad y asumir que somos personas con nuestros límites es fundamental para poder superar los malos momentos.
En el instante en que sintamos que algo no va bien necesitamos poner en marcha mecanismos para solucionarlo.
Los sentimientos tanto negativos como positivos influyen en gran medida en nuestra labor de cuidado. Obviamente los positivos nos van a dar fuerza para llevar la situación de una manera mucho más optimista y productiva. Es por eso precisamente por lo que debemos tender a superar los negativos.
Es fácil que la frustración y el cansancio se apoderen de nosotras, están ahí y no es positivo negarlo
aunque a veces cueste reconocerlos.
Somos conscientes de que la tarea de la cuidadora es dificultosa y por eso no debemos empeñarnos en negar que estamos tristes, agotadas, estresada o deprimidas. Podemos aprender a manejar estos estados, pero para ello hay que asumir que existen.
Es complicado ver como un ser querido va viendo mermadas sus capacidades y a la vez eso afecta en nuestra relación habitual con él, ya no podemos hacer las mismas cosas que antes o no contamos con esa persona a los mismos niveles que un día lo hicimos.
Cuando nos enfrentemos a momentos de tristeza debemos intentar identificar el motivo que lo causa. Habrá situaciones que no se podrán cambiar, pero si re interpretar, es decir, “quizás ya no pueda salir a pasear con mi marido porque su estado físico no se lo permite, pero puedo encontrar otras actividades que compartir con él”. No es sencillo, pero es posible  positivista la situación que nos entristece.
Debemos darnos una tregua y saber que podemos hacer hasta donde podemos y no debemos intentar ir más allá.
Tomémonos nuestro tiempo para ir viendo alternativas, las cosas no se pueden solucionar de un día para otro y esto es una carrera de largo recorrido donde las cosas necesitan plantearse con tiempos largos.
A veces los sentimientos de culpabilidad acuden a nosotros a entorpecer la buena marcha de las cosas. No debemos dejarnos llevar por ellos. Es habitual que la cuidadora se plantee la responsabilidad en relación a la enfermedad o a la manera en que puede afrontar el cuidado. Plantear el delegar la atención en otras personas o recursos sociales a veces genera sentimientos negativos: “si dejo que a mi padre le atiendan en una residencia soy una mala hija”, o “si le dedicara más tiempo seguro que estaría mejor”. Evitar este tipo de sentimientos pasa por aceptarlos y analizar si realmente tienen una base cierta. Quizás si analizamos dónde están nuestros límites, hasta dónde somos capaces de dar sin descuidarnos a nosotras mismas, nos daríamos cuenta de que muchas veces no hay razón para sentirnos culpables de nada, sino que son decisiones que se toman por el bien de todo/as.

En definitiva la receta mágica no existe, pero el análisis y la reflexión objetiva de la realidad que nos ha tocado vivir es la mejor ayuda para discernir sobre lo que es mejor o peor en cada momento. La tristeza y la culpa lejos de ayudar nos bloquean. Intentar poner en marcha algunos de estos mecanismos nos puede ayudar y si no sabemos luchar contra ellas siempre tenemos profesionales que nos pueden ayudar a superarla.
Receta de la felicidad

INGREDIENTES:
1 Kilogramo de recuerdos infantiles.
2 Tazas de sonrisas.
2.5 Kilogramos de esperanza.
100 Gramos de ternura.
5 Latas de cariño.
40 Paquetes de alegría.
1 Pizca de locura.
8 Kilogramos de amor.
5 Kilogramos de paciencia.

MODO DE PREPARACIÓN:

1) Limpia los recuerdos, quitándoles las partes que estén echadas a perder o que no sirvan. Agrégale una a una las sonrisas, hasta formar una pasta suave y dulce.
2) Ahora, añade las esperanzas y permite que repose, hasta que doble su tamaño.
3) Lava con agua cada uno de los paquetes de alegría, pártelos en pequeños pedacitos y mezcla con todo el cariño que encuentres.
4) Aparte, incorpora la paciencia, la pizca de locura y la ternura cernida.
5) Divide en porciones iguales todo el amor y cúbrelos con la mezcla anterior.
6) Hornéalas durante toda tu vida en el horno de tu corazón.
7) Disfrútalas siempre con tu familia... con el sabor de lo nuestro.

Consejo: Puedes agregar a la mezcla anterior dos cucharadas de comprensión y 300 gramos de comunicación, para que esta receta te dure para siempre.